viernes, 10 de enero de 2020

Tocados, nunca hundidos

Después de casi un año, he vuelto. Lo siento por teneros un poco abandonados todo este tiempo, pero decidí tomarme un descanso, un descanso en el que me sentaba conmigo misma como si de una entrevista se tratase y me preguntaba continuamente: ¿qué quieres? ¿cual crees que son los caminos para conseguirlo? ¿eres feliz? ¿cómo crees que serías feliz? ¿que te atormenta, qué problemas tienes en estos momentos? ¿cuáles son las soluciones?
No es un proceso fácil, pero aprendes a estar contigo, a verte de una manera diferente y saber qué quieres y que no. A algunas personas este proceso les dura un par de meses, a mi me ha durado casi un año y todavía no está terminado del todo.
Pues... durante todo este tiempo, he echado vistas al pasado para erradicar algunos problemas de raíz, para observar que quiero cuidar y mantener toda mi vida y lo que nunca jamás tengo que dejar entrar en mi vida.

Empecé por mi infancia, era una niña normal, que iba a clase, que sacaba notas normales, que vestía como una niña normal, pero que como te colaras en la fila del comedor o la tocaras las narices de más te enganchaba del pelo, que jugaba al fútbol más que a las muñecas... Supongo que a esa niña, como a esta adulta, seguir continuamente lo "normal" también la cansaba, y es que supe que iba a ser diferente cuando mi Barbie no tenía un Fiat 500, sino un todoterreno rosa y le gustaba derrapar.
En esa etapa fui feliz, o por lo menos la mayoría del tiempo, porque hay imágenes que no se borran de mi memoria.
Aún recuerdo a un pequeño desastre con rizos mirándose al espejo juntando toda la grasa de su vientre en una especie de cuadrado que había hecho con sus manos y llorando, porque odiaba esa grasa cada minuto de su existencia. Recuerdo como si fuera ayer, a aquella niña acomplejada por su sonrisa, una sonrisa con los paletos grandes y separados, que intentaba sonreír con la boca cerrada para que nadie lo viera.

Pero la grasa desapareció, mis paletos se juntaron y yo empezaba una nueva etapa, ahora era mayor, iba a entrar en el instituto. Ese instituto de siete edificios del que pensaba que nunca iba a parar de perderme, ahí empezó a aparecer mi acné juvenil, y todos los ataques que podían hacerme iban ahí.
Y el tiempo fue pasando... y esa niña iba creciendo, con sus granos, pero con mucha energía; la rebeldía fue un gran acompañante durante tres años, en el que los suspensos llovían y jefatura era una asignatura más en mi expediente.
Pero en ese tercer año, mi vida dio un giro de 360º, mi vida cambiaría para siempre y yo no tenía ni la menor idea. Recuerdo ese día como el peor de toda mi existencia, estaba comiendo con mis hermanos, como cada día, aunque no iba a ser un día cualquiera.
Se abrió la puerta de la entrada, era mi madre hecha un mar de lágrimas, después de hacerla la vida imposible en aquel trabajo, mi madre había sido despedida. Por eso, llegaba tan pronto a casa.
Tardaron unos meses en diagnosticar que su salud mental había variado, aquí fue la primera vez que saludé en primera persona al monstruo (ese que aparece cuando apagas la luz) su nombre era DEPRESIÓN.
Mi madre no tenía fuerzas ni para salir de la cama, apenas comía, sus "amigas" ya no llamaban tanto como antes. Lloraba en todos los rincones de la casa, el ambiente que se palpaba era gris
Yo, lloraba en mi cama todas las noches porque pensaba que mi madre se iba a morir de pena.
Todas las noches iba a su lado de la cama y hablaba un rato con ella, y sus lágrimas y las mías iban casi a compás.
Así que me puse a estudiar, dejé de hacer el imbécil y me puse en serio con todo, intenté coger las riendas de casa. Llegaba tarde de la biblioteca, primero porque estar en casa para mi fue un infierno, y lo segundo es porque por fin me había puesto metas y las iba a lograr.
Este agujero negro en mi vida, pasó, mi madre se recuperó consiguió otros trabajos, todo fue mejorando. Si pongo mi vida en una línea del tiempo, este sería el primer corte, mi primera etapa
Mamá, si lees esto, quiero que sepas que tienes una fuerza increíble, que lo bueno de conocer el fondo es que solo se puede ir para arriba, y que nunca volveremos a estar ahí abajo. Gracias a ti supe encontrar mi camino y tener la fuerza suficiente para superar todos los obstáculos que me he ido encontrando.

Y es que sí, todo pasa, pero primero atropella.





Tenía muchas ganas de escribir una entrada así, la salud mental es muy importante. Y cada día me cruzo con una persona diferente que ha sufrido alguna enfermedad de este tipo. No llegué a tener anorexia, pero sí que es verdad que perdí mucho peso por obsesión, y era tan solo una niña.
Los trastornos alimenticios son muy frecuentes, y a su vez tan graves como populares. Si habéis vivido alguno, o seguís luchando contra esos demonios, tenéis todo mi apoyo. Si alguien cercano lo está viviendo, por favor no le recordéis continuamente lo que está viviendo, y no les obliguéis a comer, porque muchas veces es peor. Espero que todo pase... y os atropelle lo menos posible, pero tenéis fuerza para salir de esto, estoy segura.
Para los que vivís, habéis vivido o conocéis a alguien con un tipo de trastorno mental, por favor, no os rindáis porque todo principio tiene fin, todos los infiernos consiguen superarse.
Por favor, nunca dejéis de lado ni desistáis con personas que os necesitan más que nunca a su lado. No es fácil convivir con esto, para nadie.
Esta vez, supongo que la entrada es diferente a todo lo que he escrito anteriormente, pronto subiré la continuación de esta parte. Espero que la disfrutéis, la comprendáis y no os duela tanto como a mi.
Feliz vida lectores.